David Moragas pide más gays imperfectos en la ficción LGTBI

David Moragas en el Cafè Adonis. Foto by Massimiliano Minocri
David Moragas en el Cafè Adonis. Foto by Massimiliano Minocri

Hay algo que empieza a oler raro en la ficción LGTBI. Mucha visibilidad, muchos personajes, muchas historias… pero, en el fondo, siempre los mismos perfiles. Guapos, correctos, sensibles, con conflictos que caben en un guion bonito. Como si ser gay viniera con manual de perfección incluido.

Y ahí es donde entra David Moragas a removerlo todo.

El cineasta y escritor catalán no se anda con rodeos. Dice lo que muchos piensan pero pocos dicen en voz alta: faltan homosexuales imperfectos en la ficción. No más héroes impecables ni víctimas eternas. Personas. Con contradicciones, con errores, con luces y sombras. Porque la realidad —la de verdad— no es tan limpia.

Moragas habla desde su propio trabajo, con Un altre home y Fervor, donde intenta alejarse de ese molde cómodo que tanto gusta pero que cada vez representa menos. Su mirada no busca agradar, busca incomodar un poco. Y eso, en un momento donde todo parece tener que ser correcto y ejemplar, casi es revolucionario.

Lo curioso es que, mientras la representación LGTBI ha crecido, la complejidad no siempre lo ha hecho al mismo ritmo. Hay más personajes, sí, pero no necesariamente más verdad. Se repiten fórmulas, se suavizan aristas y, muchas veces, se construyen personajes que parecen diseñados para no molestar a nadie.

Pero claro, cuando aparece un personaje gay que no es perfecto, que se equivoca o que incluso cae mal… salta la polémica. Como si el colectivo tuviera que ser siempre un escaparate impoluto. Como si no pudiéramos permitirnos ser, simplemente, humanos. Ahí está el punto incómodo que señala Moragas.

También pone sobre la mesa otra realidad: a los creadores LGTBI se les exige constantemente que hablen desde lo personal, que expliquen su vida, que se expongan. Mientras tanto, otros pueden inventar sin dar explicaciones. Una diferencia sutil, pero constante. Y luego está la parte menos glamourosa. Porque detrás del discurso, del cine y de los festivales, hay otra verdad: vivir de esto no es fácil. Moragas lo reconoce sin adornos. Hay talento, hay historias, pero no siempre hay espacio ni recursos suficientes para sostenerlas.

Al final, lo que plantea no es una queja, es una necesidad. Que la ficción deje de ser un escaparate y empiece a parecerse más a la vida. Que haya gays que no lo hacen todo bien, que no caen bien, que no encajan. Que existan personajes incómodos, reales, imperfectos. Porque quizá ahí, y no en la perfección, es donde está lo verdaderamente interesante.

Y también lo más honesto.

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