El calendario marca el Día Internacional de la Visibilidad Trans y, un año más, toca hacerse la misma pregunta incómoda: ¿qué estamos celebrando exactamente cuando la visibilidad sigue teniendo un precio demasiado alto?
Porque sí, hay más presencia trans en medios, en campañas, en discursos institucionales y en timelines de marcas que durante 24 horas se llenan la boca de arcoíris… pero fuera de ese escaparate, la realidad es otra muy distinta. Y no es nueva, pero sí cada vez más evidente: la visibilidad sin protección se está convirtiendo en exposición.
Durante el último año, las agresiones a personas trans han vuelto a ocupar titulares con una frecuencia alarmante. Insultos, violencia física, exclusión laboral, acoso en espacios públicos y digitales… una cadena constante que desmonta cualquier narrativa triunfalista. Porque mientras algunos celebran avances, muchas personas trans siguen viviendo con miedo. Miedo a volver solas a casa. Miedo a coger un transporte. Miedo, simplemente, a existir sin ser cuestionadas.
Y aquí es donde el discurso se rompe.
No basta con iluminar edificios ni con publicar posts con hashtags bien diseñados. No basta con incluir a una persona trans en una campaña si luego no hay políticas reales que garanticen su seguridad, su acceso al empleo o su atención sanitaria digna. La visibilidad no puede ser solo estética. Tiene que ser estructural.
En España, uno de los países que suele presumir de avances legislativos, la situación tampoco es tan idílica como se vende. La Ley Trans supuso un paso importante, sí, pero la calle va a otro ritmo. Y ese desfase entre lo que se aprueba y lo que se vive es precisamente donde crecen la violencia y la impunidad.
Porque legislar no basta si no se educa. Y educar no basta si no se protege. El problema es más profundo. Hay un clima social que se está enrareciendo peligrosamente, donde los discursos de odio han dejado de ser marginales para convertirse en ruido constante. Se cuestionan derechos básicos en tertulias, se banaliza la identidad en redes y se legitiman debates que deberían estar más que superados. Y mientras tanto, quienes están en el centro de ese debate no tienen el privilegio de apagar la conversación.
La visibilidad, en este contexto, deja de ser celebración para convertirse en resistencia. No es un día para felicitar. Es un día para incomodar. Para señalar lo que no está funcionando. Para exigir responsabilidades. Para recordar que detrás de cada dato hay personas que siguen peleando por algo tan básico como vivir con dignidad. Y también es un día para mirar más allá del titular fácil. Porque apoyar a las personas trans no es compartir una story el 31 de marzo. Es posicionarse el resto del año. Es intervenir cuando hay una agresión. Es cuestionar los chistes, los comentarios, los silencios.
Es entender que la visibilidad sin compromiso es solo ruido.
Y de ruido, sinceramente, ya vamos sobrados.


