Hay películas que te cuentan una historia. Y luego están las que te obligan a replantearte la tuya sin avisar. La nueva Mi querida señorita, disponible ya en Netflix, juega exactamente a eso.
Empieza sin hacer ruido. Una mujer, una rutina, una vida construida sobre lo que se espera de ella. Nada fuera de lugar. Todo encaja demasiado bien como para sospechar. Hasta que aparece esa grieta. No es un gran giro dramático ni una escena diseñada para impactar. Es algo más sutil y, por eso mismo, más incómodo: la sensación de que lo que eres no coincide con lo que te han dicho que eres.
A partir de ahí, la película no acelera. Se queda. Observa. Se recrea en ese momento en el que todo empieza a descolocarse. La protagonista, interpretada por Elisabeth Martínez, no reacciona como lo haría un personaje de manual. No hay discurso inspirador ni aceptación inmediata. Hay dudas. Hay rechazo. Hay silencios largos. Y hay una pregunta que no se formula en voz alta pero que lo atraviesa todo: qué haces cuando descubres que tu vida no era exactamente tuya.
El relato avanza sin concesiones. Las relaciones cambian, el entorno se vuelve más hostil de lo que parecía y el cuerpo deja de ser un lugar seguro. En ese proceso aparecen los personajes de Anna Castillo y Paco León, que no funcionan como apoyo cómodo, sino como espejo de esa incomodidad colectiva que surge cuando alguien rompe las reglas sin pedir permiso.
Aquí no hay una historia LGTBI diseñada para encajar en el algoritmo. No hay una estructura pensada para emocionar en el minuto exacto ni un final que cierre todas las heridas. Lo que hay es un tema poco transitado en el cine mainstream, la intersexualidad, contado sin voluntad de explicarlo todo. Y ahí está uno de sus mayores aciertos. No traduce la experiencia. No la simplifica. La muestra.
Ese es precisamente el punto en el que la película se distancia de muchas otras producciones actuales. En lugar de buscar la empatía fácil, se instala en la incomodidad. En lugar de dar respuestas, acumula preguntas. Y en lugar de suavizar el conflicto, lo deja respirar.
No es una película para todo el mundo. No lo pretende. Hay momentos en los que el ritmo se detiene más de lo que algunos espectadores tolerarán y decisiones narrativas que no buscan agradar. Pero hay algo que resulta difícil de ignorar: la sensación constante de estar viendo algo que no intenta encajar en ningún molde.


