
Eurovisión 2026 no ha empezado… y ya parece el episodio más oscuro del reality europeo por excelencia. En mitad del terremoto político, los boicots y la tensión internacional, Conchita Wurst ha dicho basta.
La diva barbuda que cambió la historia del festival en 2014 ha anunciado su retirada definitiva del Eurovision Song Contest, justo cuando el certamen vuelve a Austria, el país que la convirtió en icono global LGTBIQ+. Y no es un adiós cualquiera: es elegante, frío… y demoledor.
“Eurovisión fue mi casa, pero ahora sigo adelante”. Fin del comunicado. Mic drop.
Conchita no es solo una ganadora más. Es el símbolo de una Europa que creyó en la diversidad como bandera, la imagen que enseñó al mundo que el orgullo también podía ganar votos. Por eso su marcha duele más. Porque llega en un momento en el que Eurovisión está siendo cuestionado desde dentro por artistas, países y parte de su propio público.
La edición de 2026 arrastra una crisis sin precedentes: países retirándose, artistas devolviendo trofeos y una EBU incapaz de explicar por qué unas guerras expulsan y otras no. En ese contexto, la decisión de Conchita se lee entre líneas como un gesto político sin pancarta, pero con mucho mensaje.
Firmar el comunicado como Tom y no como Conchita tampoco es casual. ¿Estamos ante el final de una era? ¿O ante una nueva mutación artística? Con ella nunca se sabe. Y ahí está la magia.
Eurovisión sigue adelante. Con polémica, con ruido y con más preguntas que respuestas.
Pero sin una de las figuras que mejor representó sus valores fundacionales.
Y eso, amigas y amigos, no es un detalle menor.





