La visibilidad vende. Eso ya lo sabemos. Por eso plataformas como Netflix o HBO Max llevan años apostando por contenido LGTBI. Series, películas, documentales… cada vez hay más historias queer en pantalla.
Y eso, en principio, es una buena noticia, pero hay un matiz importante, no todo vale. Porque una cosa es incluir personajes LGTBI y otra muy distinta es representarlos bien.
Durante años, el colectivo ha estado invisibilizado. Ahora, el riesgo es otro: la representación superficial. Personajes planos, estereotipos reciclados o historias que parecen más pensadas para cumplir cuota que para contar algo real. Y el público ya no es el mismo.
Ya no basta con “meter diversidad”, ahora se exige coherencia, profundidad y respeto.
Porque la representación no es solo presencia, es narrativa, es cómo se cuenta, es quién está detrás de esas historias.
Y ahí todavía hay trabajo por hacer.
Eso no quita que haya avances, `porque sí los hay. Series que están rompiendo esquemas, personajes complejos y tramas que reflejan realidades diversas, pero también hay mucho contenido que se queda a medio camino.
Que quiere ser inclusivo… pero sin incomodar demasiado. Que quiere representar… pero sin arriesgar.
Y eso, al final, se nota.
La audiencia LGTBI ya no se conforma con verse. Quiere reconocerse. Y ahí está la diferencia.


